Casarse con un hombre coreano

[entre líneas] Traducción discurso Russell 1950. RBU.

2014.09.05 12:27 labradorPocoLadrador [entre líneas] Traducción discurso Russell 1950. RBU.

Supongo que sabréis que Russell era un defensor de la Renta Básica Universal, e aquella época surgió la idea, pero tuvimos la mala suerte de que saliera la utópica teoría de la socialdemocracia..., ahora nos toca comérnoslo todo con patatas. Ahora hay que revisar qué ha sido correcto y qué no lo es, en cualquier caso, será la ciudadanía la que deba asumir los riesgos, si es que los hay.
Russell en 1950 recibió el premio Nobel de Literatura y, aprovechando que era un conocido activista político y teórico de una ética de carácter laico y científico (ética emotivista, que reconoce unos valores objetivos aunque los desconozcamos y los debates sólo puedan confrontar emociones), quiso traer en su discurso una extensión de sus ideas que, a mi juicio, aún están vigentes.
Si veo que hay movimiento, empezaré a llenar esto de referencias, por lo pronto ahí dejo la primera parte del discurso que, traducido por mí al castellano, ha perdido parte de su intencionalidad de humor blanco; razón por la cual también incluyo el enlace más abajo.
He incluído anotaciones entre corchetes, espero que no molesten demasiado.
Que lo disfruten.
¿Qué deseos son políticamente importantes?
Sus Altezas Reales, Damas y Caballeros,
He elegido este tema como mi lectura de esta noche debido a que creo que las más populares discusiones de política y teoría política no suelen ahondar en la psicología. Lo que son hechos en la economía, las estadísticas, el proceso constituyente, y así, quizá no sean para tanto. No es demasiado difícil el saber cuántos surcoreanos y norcoreanos habían para cuando empezó la guerra: si se pusieran a mirar en los libros adecuados serán capaces de asegurar cuántos habrían y hasta cuánto de peligroso era su destacamento militar. Pero si quisieran saber qué clase de persona es un coreano, así como apreciar la sutileza entre uno del norte con uno del sur; si quisieran saber qué es lo que esperaban de la vida, cuáles eran sus penas, cuáles sus esperanzas así como sus miedos; en una palabra, que es lo que, como se dice, "les hacía tilín", todo el tiempo que gasten en esos libros tan referenciados será en vano. Incluso no podrán decir de qué manera los surcoreanos asimilan el UNO [movimiento político], o si prefieren la unión con los del Norte. Así como tampoco podrían adivinar hasta qué punto desearían apoyar unas elecciones para posicionar a unos políticos que ni conocen.
Todas estas cuestiones provocan rechazo ante los sabios que se ubican en las capitales remotas [aquí en Occidente], para provocar merecidas críticas. Si la política fuera, como tal, una ciencia y si la cosa no consistiera en ir incitando a la creación constante de emociones [populismo demagógico], se haría imperativo que nuestro pensamiento político llegara a penetrar mucho más allá de los movimientos de las personas.
¿Cuál podría ser la influencia de los eslóganes contra el Hambre? ¿Cuál es la efectividad con respecto al número de calorías gastadas por llevarlo a cabo? Si un hombre le ofreciera democracia y otro le ofreciera un saco de harina, ¿en qué etapa de hambruna antepondría el saco al poder de voto? Todas estas cuestiones son tomadas con muy poca consideración.
Aún así, hagámoslo de esta manera, por el momento olvidémonos de los koreanos y consideremos solo la raza humana. Toda actividad humana está marcada por deseos. Existe una corriente científica bastante desarrollada de lo más falaz por unos moralistas contemporáneos que aseguran que es posible resistirse al deseo en el interés del deber y los principios morales. Digo que es falaz, no porque no haya persona que no se rija por un sentido del deber, sino porque el deber no se establece en [email protected] hasta que se tenga el deseo de querer sentir una sensación de plenitud por tener el trabajo cumplido [a ver si alguien me ayuda a traducirlo mejor]. Si realmente quieren saber qué hará una persona, no sólo deberán saber principalmente, cuáles son sus circunstancias materiales, sino que además todo el sistema de deseos con sus relativas pulsiones.
Hay deseos que, con mucha fuerza, no tienen, por norma, ninguna relevancia política. La mayoría de las personas en algún momento de su vida desean casarse, pero como norma encuentran la manera de satisfacerlo sin adoptar ninguna clase de decisión expresa, decisión política. Habrá, por supuesto, excepciones; el rapto de de las mujeres de Sabine es un caso. Así como la evolución en el nordeste de Australia sometida por la vigorosidad de jóvenes que, obligados a tener que trabajar, desdeñaron a la sociedad femenina. Aunque esos casos son inusuales, y por regla general el interés que haya entre hombres y mujeres se desempeña de una manera espontánea y natural.
Los deseos de relevancia política quizá podamos dividirlos entre un grupo primario y otro secundario[Léase la pirámide de Maslow: A Theory of Human Motivation A. H. Maslow (1943)]. En el primario obtenemos las necesidades fundamentales para vivir: ya sean comida, refugio y ropa. Cuando esta clase de cosas se encuentran por doquier, no encontraremos límites a la capacidad que tenga el ser humano para dar lo mejor de sí, así como incluso tampoco veremos límite alguno, en fuerza coercitiva, a la hora de querer mantener la seguridad de su sistema. Se ha dicho por los más contemporáneos estudiantes, que en cuatro ocasiones diferenciadas, la sequía en Arabia provocó oleadas migratorias a las zonas colindantes, con sus correspondientes efectos ya sea políticos, culturales y religiosos. La última de esas ocasiones provocó el áuge del Islam. La propagación gradual de los clanes germánicos desde el sudeste ruso hasta Inglaterra, y más allá, hasta San Francisco, tuvieron motivos similares. Sin lugar a dudas el deseo por comida estuvo, y lo sigue estando, en uno de los principales motivos de los hitos políticos.
Pero el hombre difiere de los animales en una cosa muy importante, y es que tiene deseos que son, como el hablar, de infinitos usos, que jamás podrán quedarse plenamente satisfechos, y que a la hora de alcanzarlos podrían mantenerle en paz como si estuviera en el Paraíso. La boa constrictor, en cuanto se ha hecho con un buen bocado, procede a darse una siesta, y no vuelve a levantarse hasta que toque volver a comer. Las personas, mayormente, no son así. Cuando los árabes, que solían vivir con moderación en ciertas épocas, conquistaron las riquezas del Imperio
Romano Oriental, y habitaron en palacios de toda clase de los más increibles lujos de detalles, no por ello se volvieron inactivos. El hambre ya no era una razón, fueron alosanjados por los exclavos griegos mediante exquisitos abituayamientos sin que ellos opusieran a penas una leve resistencia. Sin embargo, otros deseos se mantuvieron en activo: cuatro en particular, que podríamos etiquetar como avaricia, rivalidad, vanidad y amor por el poder.
Avaricia- el deseo de obtener tantos bienes como sea posible, o el título de tales bienes - es un motivo que, supongo, tiene su origen en una combinación de miedo con el deseo de evitar las necesidades. Una vez me hice amigo de dos chicas de Estonia, que a duras penas pudieron escapar de morir de hambre. Vivieron con mi familia, y tuvieron cuanto quisieron para comer. Pero en sus ratos de ocio, no se les ocurría nada mejor que ir a visitar a los vecinos para robarles las patatas que habían estado almacenando. Algó así pasaría con Rockefeller, que tras vivir una infancia bajo la dura pobreza, acabaría por comportarse de esa manera tan peculiar en su etapa rica y adulta. Asímismo,los caciques árabes desde sus divanes bizantinos de seda no podían olvidar el desierto, y acumularon riquezas más allá de cualquier necesidad física. Pero cualesquiera que sean los motivos psicoanalíticos de la avaricia, nadie podrá negar que este es uno de los grandes motivos - o al menos entre los más potentes, para ser, como he dicho antes, uno de los motivos con carácter infinito. Sin embargo cuanto más adquieras, siempre desearás tener más; la saciedad es un sueño que siempre se te escapará.
Pero la avaricia, a pesar de ser lo que sustenta al sistema capitalista, es el principal motivo que supera el problema del hambre cuando no se dispone de otra cosa [Russell conseguiría el Nobel de literatura, pero hablaba más raro que un perro verde]. La rivalidad es una razón mucho más potente. Una vez más, en la historia mahometana a las dinastías les tocaba aguantarse ya que los hijos de un sultán con diferentes madres podrían entrar en conflicto [no he podido traducir el doble sentido: los conflictos existían cuando eran las propias madres las que no se entendían], conllevando a una guerra civil de lo más ruinosa. La misma clase de cosas ocurre en la moderna Europa. Cuando el Gobierno británico tan desafortunadamente confió en el Kaiser para hacer revista de la armada en Spithead, aquello que se le pasó por la mente no era ni mucho menos lo esperado. Lo que dijo fue: "Tengo que mostrar una armada tan buena como la de la yaya", y de este pensamiento emergió toda una amalgama de problemas posteriores [al parecer a los nobles ingleses les da por competir por el tamaño de los desfiles militares]. El mundo sería mucho mejor si la avaricia tuviera más fuerza que la rivalidad. Pero, de hecho, los hay que mostrarían un enorme rostro de satisfacción sólo al comprobar el gran empobrecimiento y su consecuente ruina a aquellos que pretendan satisfacer sus ansias de rivalidad [la rivalidad provoca el disfrute por la ruina ajena]. De ahí la gracia de los impuestos y lo sutilmente elevados que están [humor inglés muy actual con nuestro presidente plasma y las risas de Montoro].
La vanidad es una razón de inmensa potencia. Cualquiera que haya tenido algo que ver con niños sabrá cómo éstos acaban haciendo auténticas trastadas, para luego decir: "mírame". "Mírame" es uno de los más fundamentales deseos del corazón humano. Puede adquirir innumerables formas, desde las bufonadas [Dragó+política] hasta la búsqueda del Legado que le queda al ser humano para alcanzar la inmortalidad. Hubo un principito de la Italia renacentista al que un sacerdote le preguntó en su lecho de muerte si había algo de lo que se arrepentía: "Sí", dijo, "hay una cosa. En una ocasión recibí tanto al emperador como al papa a la vez. Los llevé a lo alto de mi torre para ver las vistas, y me negué a aprovechar la oportunidad de tirarlos a ambos torre abajo, lo cual me habría llevado a la inmortalidad en todos los libros de Historia". La historia no nos cuenta si obtuvo la absolución [pausa para ver si el público se ríe, bueno, bien contado hace gracia]. Uno de los problemas de la vanidad es que crece a medida que se alimenta. Cuanto más hablas de algo, más quieres saber sobre ese algo. Quien es condenado por asesinato en cuanto tenga acceso al fallo del juez mediante la prensa, acabará por indignarse en cuanto descubra el más leve error en la información publicada. Y cuanto más lea sobre él más indignado se sentirá por cada misiva o detalle que haga pobre el trabajo del informe. Tanto políticos como literatos se encuentran en una situación parecida. Y en cuanto les toque el querer relatar la historia de un famoso, más difícil será resumir su historia sin levantar suspicacias. Y no hay que menospreciar la fuerza de desempeño que pueda tener el ceño fruncido ya sea de un niño de tres años o de un auténtico apoderado. La Humanidad siempre tuvo el lujo de atribuir esta clase de deseos y pulsiones a la Deidad, la cual se imaginaban ávida de un continuo deseo de ser alabada. Sin embargo, aun siendo tan grande la influencia de las razones que estamos dilucidiendo, hay un motivo que las supera a todas. Me refiero al amor por el poder. El amor por el poder es cercano a la vanidad, pero no se parecen en nada. Lo que necesita la vanidad para conseguir su satisfacción es la gloria, y es fácil conseguir la gloria sin poder. Las personas que disfrutan de una suerte de Gloria en los Estados Unidos son las estrellas de cine, pero ya les gustaría ponerse en el lugar de Comité de Actividades Anti-Americanas, que no disfruta de ninguna sensación de gloria. En Inglaterra el rey disfruta de más gloria que el Primer Ministro, pero éste tiene más poder que el rey [igualito que con Juanca, pero al revés: la gloria se lo lleva el botones del reino]. Muchas personas prefieren la gloria antes que el poder, pero esa clase de personas no son las que marcan los hitos en la historia.
Por los corredores de los palacios de Napoleón se decía: "Él no estaba tan loco como para dejarlo todo por Moscú". Napoleón, que ciertamente nunca estuvo desprovisto de vanidad, de elegir siempre elegía el poder. Para Blücher, esta elección fue una locura [aquí Russell nos dice que por amor al poder se puede sacrificar incluso la gloria, interpreto que porque se buscaba la victoria tanto de Francia como del individuo frente al invierno ruso]. El poder, así como la vanidad, es insaciable. Nada salvo la omnipotencia podría satisfacerla completamente. Y como es propio de los vicios de la gente más energética, la eficacia de gasto energético que pueda suponer el amor por el poder no puede justificarse debido al número de veces que hace su aparición en escena [esto contradirá la teoría de Dawkins sobre el gen egoísta]. Es, si lo miramos bien, como mucho el más poderoso de los motivos que empujan a las personas, que acaban siendo importantes, a hacer lo que hacen.
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http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1950/russell-lecture.html
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